Carta a un nuevo amigo de ruta

Tal vez la vida se trate de sensaciones. O de momentos. O de aprendizaje. O de experiencias. En verdad no lo sé. Quizás estemos intentando a diario prepararnos para nuestro último día, intentando que cada cosa que hagamos valga la alegría. Es difícil de determinar. Y más en este momento.

Es que cuando estás en la ruta parece que no estás en ningún lado, y en todos a la vez. Porque dejaste algo tuyo en el lugar de donde venís, porque dejas algo tuyo en el lugar al que vas. Pero en verdad, creo yo, no estás en ninguna parte. Y ese es el desafío más grande que sortear: no estar en ninguna parte, no ser de ninguna parte. Aunque traigas tus costumbres dentro de la mochila, y guardes tus experiencias dentro de los zapatos que usas a diario. En la ruta sos vos y tus dudas, vos y tus miedos, vos y tus nosequé. Y no quiero decir que cuando estás en tierra firme no lo seas, para nada. Sino que, en el camino, mirando al que dejaste antes de subirte al avión, ves la vida con otros ojos, y hasta quizás -me atrevo a decir- valoras más todo lo que te rodea.

Porque de pronto descubrís que todo lo que creías saber no es tan cierto. Porque siempre encontrás a alguien que te cuenta algo nuevo, que te hace ver las cosas de otra manera, que te hace replantearte una y mil veces aquellas verdades que creías impolutas.

Es que en la ruta tenés que reinventarte. No podés ser siempre el mismo. Ya no vas a sentarte en tu silla ni a descansar en tu sillón, no vas a dormir en tu cama ni a bañarte en tu baño. Tenés que inventar un hogar. Y dentro del abanico de posibilidades con que te encontras, te empezas a aferrar a unas pocas personas con las que encontras más cosas en común que con los demás. Y empezas a hacer la comida junto a ellos, y a pensar de a dos, de a tres, de a cuatro. Empezas a pensar en equipo, porque uno cocina, el otro lava, y el otro hace las compras. Y te volves a acostumbrar. Y, aunque tal vez sea por poco tiempo, volvés a encontrar tu hogar. Y lo encontras lejos de casa.

En la ruta la soledad es más sola, el miedo es más miedo y el frío es helado. Las calles son enormes y los caminos, interminables. Y aunque los paisajes te asombren y la historia de los lugares que visites se te meta entre los huesos, lo que nunca vas a olvidar, es la gente que conociste. Las personas. Sus culturas. Las palabras que usan. La porción de nación que muestran. Esa compañía en las comidas. Ese momento en el que se sientan todos juntos y finalmente logran ser el hogar que dejaron lejos, y al que algunos probablemente no volverán.

La magia del camino es encontrar a quien te quiera acompañar, aunque después cada uno siga una ruta distinta.

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