Un mate y un amor (Mundos agradables)

Es verano y en Santiago de Chile a la noche, no hace tanto calor. Será por su ubicación geográfica que aquí el sol tarda en asomar y la luna en caer, o quizás simplemente no esté siendo el verano más caluroso en tierra chilena. Pienso esto sentada en una silla de plástico en el patio del hostel al que vinimos a pasar dos días antes de irnos a disfrutar de las playas de Viña del Mar. Siempre tuve el afán de buscarle una explicación a todo, a veces eso me molesta de mí, porque no puedo parar hasta no encontrar un motivo que me satisfaga lo suficiente.

En una mesa un poco más alejada descansan varias botellas de cerveza, y un grupo de chicos jóvenes, brasileros por lo que puedo escuchar desde acá, conversan sin parar. Son cinco o seis, pero no todos ellos viajaron juntos. Un morocho flaco y alto al que vengo mirando desde hace un rato baila una danza típica de su país y desafía al resto: “¡Vamos dançar!” Los otros muchachos acompañan con palmas un ritmo alegre que suena desde algún celular.

Mis cuatro amigas y yo, miramos disimuladamente y nos reímos mientras jugamos a las cartas. Una de ellas se levanta para buscar otra cerveza. En el patio hay un barcito y un cartel pegado al costado de la barra que anuncia: “2×1 hasta las 21”. Son las 20.

Mi amiga no vuelve rápido. Se queda conversando con un brasilero al que no le entiende y deciden, por lo tanto, hablar en inglés. Me hace señas con las manos para que vaya, porque el muchacho habla en una mezcla de inglés maradoniano con portugués académico que poco se entiende. Me acerco, saludo al grupo que responde gritando “menina, ¡Argentina!” y me río. Estos chicos me caen bien.

Se suma el resto de las chicas, que dejan las cartas y traen las sillas, y tratamos de mantener todos juntos una conversación. Es difícil, somos muchos y nosotras no falamos muito bom el portugués. “¿Ni un poquinho?”, me pregunta un chico que acabo de advertir que está sentado a mi izquierda. “No, cero”, le respondo con timidez, pero saco pecho y le ofrezco, por lo menos, hablar en inglés.

Se llama Pedro. Habla bastante bien español, así que nos arreglamos. Este año es el Mundial en Brasil y no hay otro tema de conversación que no sea ese. “Vamois nosotros a ganar el Mundial”, me dice. “No estoy segura de eso”, le digo. “Acordate que Argentina llega a la final”, le advierto y se ríe. “En São Paulo, de donde vengo, el melhor equipo es Corinthians. ¿Usted de cuál equipo es?”, me pregunta.Cuando estoy lejos y tengo que responder eso a veces sufro. Es difícil explicarle a un extranjero que La Plata no es Mar del Plata y que es en Buenos Aires, pero no dentro de la Capital Federal.

“De Estudiantes de La Plata”, le digo con orgullo. “¿En serio? Yo tenho una remera de Verón”, me cuenta. “Es muito bom jogador”. No lo puedo creer. Lo quiero abrazar, pero es muy de argentino eso, y no sé cómo le va a caer. Me guardo esas ganas y abro los brazos demostrándole gratitud. Ya estoy nerviosa.

Pedrinho tiene unos ojos raros pero hermosos. Son celestes, grises, no sé. No lo puedo distinguir bien, me da un poco de vergüenza mirarlo tanto. “Se va a dar cuenta de que me gusta”, pienso. Entonces le empiezo a contar que estudio Comunicación Social, que soy fan del mate, que hago un programa de radio, que me gusta escribir, que tengo un perro, que amo la música y que mi sueño es ir a Londres a conocer un poco más de la historia de los Beatles. Él me escucha atento. Me mira fijo, se le dibuja una sonrisa hermosa en el rostro. “Qué linda sonrisa”, pienso. No se lo digo. Me interrumpe para contarme que él es periodista y que ama la radio. Que ama Londres y que estuvo en Liverpool y cantó en el Cavern Club. Que le gusta mucho escribir, y que escribe para radio y televisión y que quiere escribir un libro. ¡Escribir! Vuelvo a pensar, cada vez más emocionada.

No puede ser cierto. ¿Cómo puedo conocer en Chile a un brasilero que le guste todo esto? Qué hermosa es la vida, puta madre. Le digo que es un genio y que lo quiero escuchar en la radio, y que me cuente más de Londres. Él se ríe y me cuenta. No doy más de los nervios, mejor me voy a bañar. “Volvé después”, me pide. Me voy y le contesto que sí haciéndole un gesto con la cabeza, con una sonrisa que creo demuestra todo lo que siento en este momento: emoción, alegría, nervios, incredulidad. Sí, todo eso cabe en una sonrisa.

Me baño rápido, no quiero que se vaya. Vuelvo a bajar al patio. Siguen ahí. Continuamos la conversación, esta vez estamos parados a un costado, apoyados sobre la baranda de una escalera que desde que llegué y la vi no pude descubrir hacia dónde lleva. Se suman las chicas a la charla. Intentamos contarle algo de las villas en Argentina, pero esa palabra en portugués se usa para decir gay de una forma burda y despectiva. Pedrinho abre los ojos como el dos de oro. “No digas eso, alguien se puede ofender”, me dice en voz baja, y yo le pido disculpas y le explico el significado de ese término en español. Nos reímos mucho.

Decidimos terminar la noche en un bar cerca del hostel. Ni bien llegamos nos ofrecen una mesa larga, ya que somos muchos. Se sumó Josh, un australiano que conocimos más temprano y que habla un inglés tan cerrado que a veces no le entiendo. Sí le entendí cuando me contó que había ido a las Malvinas, y que “en realidad se llaman Falkland Islands”. Casi lo mato, lo obligué a repetir unas diez veces en español “Malvinas argentinas”, pero él no podía entender por qué, decía que nosotros las habíamos “perdido”. “¡Minga!”, le dije, y parece que entendió: “Okey. Maulvinas argenchinas”.

Volvemos al hostel, es tarde. Los brasileros se van mañana a Mendoza y después siguen su recorrido por Buenos Aires y Uruguay. Me da tristeza eso. En el camino le intentan sacar la billetera del bolsillo a Pedro, pero nosotros, que seguimos meta charla, ni nos damos cuenta.

Llegamos. Nos sentamos un rato en la sala común a conversar hasta que nos da sueño. Nos agregamos a Facebook, nos saludamos entre todos, les deseamos a los chicos buen viaje y les aseguramos que Buenos Aires es lo que más les va a gustar, y nos vamos cada uno a su habitación. Me pongo el pijama, hablo bajito porque hay una señora mexicana durmiendo en una de las camas, y le digo a las chicas que voy a extrañar a Pedro. “Se enamoró la boluda”, me dice una de ellas. “¡Andá a buscarlo!”, sugiere otra. “No, ya está. Me quedo con este recuerdo. Es mejor”, pienso.

“Me voy a lavar los dientes”, aviso. Con la pasta y el cepillo en mano voy hasta uno de los baños. Salgo y mientras atravieso el hall me cruzo a Pedro. Nos miramos. Se acerca, me abraza. Nos damos un beso que no duró tanto. Como ese encuentro.

“No te voy a ver más”, me dice. No sé si me lo está afirmando o preguntando. “No me digas eso”, le digo con cara de perro mojado. “Buen viaje”. Otro abrazo y a dormir.

Hay personas que son especiales. Las ves y brillan. Tienen luz propia. Y algunos encuentros, aunque efímeros, llegan a convertirse en historias. Se dan entre esas almas esparcidas en distintos lugares del universo que están destinadas a coincidir, pero que luego se van. Se van en silencio, pero siguen hablando a lo lejos, en el eterno recuerdo de una historia que alguna vez supo ser.

Y a eso no le quiero buscar una explicación.

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