Lleva tú las maletas (Mundos agradables)

El vuelo JJ8064 San Pablo-Madrid, a las 16.10 del martes 27 de diciembre, está cancelado. Algunos pasajeros lo saben, otros no. Muchos se enteraron en el aire, mientras volamos desde Buenos Aires a la ciudad paulista. Incluso me toca darles la noticia a unos señores amables a quienes adoptamos como tíos de viaje, y que no sabemos sus nombres, pero bautizamos como Jorge, Carmen y Susana.
—Nos cancelaron el vuelo a Madrid, tenemos que pasar la noche en San Pablo, en un hotel que nos asigna Latam —le dije a Jorge.
—¿¡En serio!? ¡Uh! No me traje la malla, ¡ja! —me contesta bromeando, como si estuviera acostumbrado a pasar por esa situación.
Lo poco que se sabe es que el avión sufrió problemas técnicos, y que, por eso, debió ser cancelado. Para muchos, que tienen además otras conexiones luego de Madrid, el problema real es no solo el tiempo y el dinero que acaban de perder, sino que ningún representante de la aerolínea les avisó con tiempo.
—Mi viaje no termina en Madrid, tengo otro vuelo a Barcelona que acabo de perder porque como se lo compré a otra empresa no me lo reconocen —dice resignado un joven morocho, tez blanca, cejas grandes y barba a medio afeitar, que viaja solo por primera vez. Vaya bautismo.
El piloto brasileño anuncia a los pasajeros que el avión está próximo a aterrizar. Los más obedientes vuelven el asiento a posición vertical y abrochan sus cinturones, mientras que los más despistados continúan escuchando música o conversando. De a poco la ciudad se agranda y las luces ya no son solo puntos brillosos casi diminutos. El avión se sacude un poco pero todos aplauden. Parece que no hay como estar en tierra firme.
Cuando estamos lejos los argentinos nos ponemos un poco melancólicos: nos emociona ver a otro argentino, le hablamos a todos de nuestro país, de nuestros ídolos y costumbres y nos aferramos al mate como si estuviera en peligro de extinción. Es que aunque casi siempre reneguemos, para nosotros el lugar más lindo es el nuestro.
El chofer anuncia el arribo al Hotel Bristol y los más de sesenta argentinos a bordo del Sussantur, micro que nos traslada, nos reímos con complicidad.
—¡Ni a miles de kilómetros puedo zafar de Mar del Plata! —dice Jorge, que vive ahí desde los nueve, y hace reír a su hermana Susana, quien solo desea dormir un rato en una cama.
De la 268 y de ese hotel no nos vamos a olvidar.
—Escuchame, ¡nos diste una habitación con dos camas y nosotras somos tres! —le dije a Andreeza, la chica de recepción, riéndome ya de nuestra suerte. Enseguida la fila de argentinos que esperaba para registrarse en el hotel, encabezada por la señora de rojo, estalló en carcajadas. Ellos tampoco se van a olvidar. Ni de eso ni de los húmedos 40 grados que hace en Brasil y en ese hotel sin aire acondicionado, y que no podemos combatir porque en nuestras valijas solo hay ropa de invierno.
A la chica rosarina la conocimos ahí, en el Bristol. Cenamos las cuatro juntas, conversamos, nos reímos. Nos ayudó a buscar unos mapas, conversamos más. Nos dio un poco de alegría en medio del caos. A Jorge, Carmen y Susana, en el primer avión. Con la señora rubia charlamos cuando nos cruzamos por algún pasillo del hotel, y la señora de rojo se ríe cada vez que nos ve. La pareja platense se sienta cerca de nosotras en cada micro y nos habla de su querido Gonnet. Con el resto nos reconocemos y nos saludamos. A todos nos da la sensación de que estamos viajando hace más de tres días, y es eso lo que hace, tal vez, que nos banquemos como si fuéramos compañeros de secundaria en un viaje de egresados, pero sin saber cómo nos llamamos.
El ansiado vuelo a Madrid se demora por falta de combustible, pero descansados y con otro humor se hace llevadero. Antes de despegar un señor de unos sesenta años se acerca a nuestra fila y nos advierte algo:
—Yo con ustedes no viajo más.
—¿Qué? —pregunto con miedo y sin entender qué está pasando.
—Que con ustedes no viajo más. Nos cancelaron un vuelo, les dieron dos camas en vez de tres, y ahora estamos demorados —dice, todavía serio.
—¿Se enteró de lo de las camas? —le pregunto ahora más tranquila.
—¡Todos nos enteramos! —contesta y se va riendo a su asiento.
A pocas horas de despegar, una chica de unos treinta años a quien apodamos Lisa debido a su parecido con la vocalista de Bandana que lleva ese nombre, empieza a gritar. Pide un médico, llora, se retuerce de dolor en el asiento. Se envuelve en una manta, se para. La azafata le pide que la acompañe al fondo para ver al doctor, y que lleve consigo algún medicamento que tenga a mano y que pueda tomar. Lisa revolea los ojos y en el movimiento su flequillo cae sobre su rostro, tapándole el ojo izquierdo.
—Bueno, pero lleva tú las maletas —le contesta a la azafata dramatizando como telenovela colombiana, mientras le apoya su mochila en el pecho para que se la lleve.
La puerta del baño en el avión es un buen lugar para reunirse a conversar y de paso mover un poco las piernas, a falta de, todavía, cuatro horas de viaje. Se acerca la señora rubia, acompañada esta vez por una mujer morocha, flaca, con anteojos grandes, simpática. Mientras Lisa continúa gritando y quejándose de un dolor que presuponemos exagerado e inexistente, con las dos señoras hablamos de lo que vamos a hacer ni bien lleguemos a destino. La mujer morocha, uruguaya, de Montevideo, viaja por trabajo; la señora rubia por placer.
El piloto advierte por altoparlante que: “los pasajeros deben permanecer en sus asientos debido a que en breve pasaremos por zonas de turbulencia”, y las señoras sugieren que nos sentemos “para que no nos reten”. Si bien nuestros asientos están cerca, nos saludamos y procuramos volver a cruzarnos en migraciones, luego de aterrizar en el Aeropuerto Barajas. Seguimos sin saber sus nombres.
En Madrid hace frío. Algunas zonas son similares a Buenos Aires y eso nos hace sentir un poco menos lejos, no de distancia, sino de compañía. Aunque parezca raro, no solo los humanos y animales acompañan. Las ciudades también.
Caminamos hace tanto que casi no sentimos los pies. De repente escuchamos una voz que nos resulta familiar.
—¡No lo puedo creer! ¡Yo sabía que las iba a encontrar otra vez!
Es la chica rosarina, que se emociona y nos abraza. Presenta a sus amigos, que la esperaron a pesar de la demora de nuestro vuelo, pregunta cómo estamos, y nos ofrece pasar por el Hostel en el que se hospeda por si llegamos a necesitar algo.
Se despide. Tal vez no volvamos a verla, por eso nos abraza fuerte, apretándonos los hombros con todos los dedos de su helada mano. Nos deseamos buen año, buen viaje y buena vida, y seguimos caminando. Tomamos rumbos opuestos, pero tal vez en algún lugar del mundo volvamos a encontrarla. A ella, a la uruguaya, a la señora rubia, a Jorge, a Carmen y a Susana, a la señora de rojo. A los platenses, e incluso, a Lisa y al señor que dijo no querer viajar más con nosotras.

 

Tal vez encontremos pronto, otra vez, a alguien que nos lleve las maletas.

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