La Frontera

Siempre me gustó el teatro. De chica por lo general me llevaba mi abuela, pero ya de más grande era yo la que proponía ir. También leía muchos libros y, aunque no eran teatro, me imaginaba cada historia arriba de un escenario. Incluso aquellas en las que había caballeros con armaduras, sapos que hablaban o asesinos seriales.

Admiraba a los actores porque sentía que me llevaban junto a ellos a esos mundos inabarcables que construían con tanta pasión. Y ahí yo era feliz. En esos mundos.

Siempre pensé que para actuar había que tener un don para el arte, y yo realmente no tenía ninguno. Los chicos de mi edad que sabían dibujar, iban a dibujo; los que eran buenos con las manualidades iban a la escuela de estética; los que cantaban bien se repartían entre coro, canto y comedia musical. Entonces, yo era solo una espectadora más.

Pasaron los años y con ellos ese erróneo prejuicio sobre lo artístico se esfumó. Me empecé a dedicar a la escritura y fue gracias a ese mundo que empecé a sentir la necesidad y la curiosidad de transitar, desde otro lado, los estados por los que pasaban los personajes que creaba. Ese otro lado era el cuerpo. Entonces me animé y busqué un lugar para tomar clases de teatro.

Pasé un año y medio en un lugar donde conocí gente maravillosa y donde logré ganarle al miedo que da, a priori, subirse al escenario. Hice mis primeras experiencias: estudié guiones, improvisé, jugué. Me sumergí en ese universo mágico del que ya no puedo ni quiero salir.

Hace tres años cambié de lugar. Encontré una escuela en Buenos Aires, un poco lejos para mí. Me anoté igual, pero tardé un tiempo en ir. Había vuelto de mi primer viaje a Europa y los meses posteriores fueron bastante turbulentos. “Ya está”, pensé. “No voy a empezar, no tengo ganas. Decidido. Otra vez será”.

Pero poco después me llamó la profesora: “Hola, Luciana. Te habla Inés, una de las profesoras de teatro. Quería saber si vas a venir”. “Ah, hola, sí, sí, disculpame”, le contesté sin pensarlo. Corté el teléfono y algo me decía que sí, que tenía que ir a ese lugar. El sábado siguiente fui. No me equivoqué.

Ine y Eli son de esas personas que tienen la virtud de atravesarte. Te sacuden. Te ayudan a sacudirte. Te aceptan. Te ayudan a darte la hermosa oportunidad de aceptarte. Te enseñan técnicas de actuación que terminan siendo enseñanzas de vida. Porque en la actuación, como en la vida, para estar vivo hay que permitirse sentir. Y desde ahí registrar, percibir, observar, escuchar, callar, hablar, reír, llorar. El cuerpo a veces lo pide a gritos y nosotros, muchas veces, lo pasamos por alto. La diferencia es que en el teatro no se puede mentir, y en la vida sí. También nos ayudan a que elijamos no hacerlo.

“Extraño a mi mejor amigo”, le dije en una clase a un compañero, mientras hacíamos un ejercicio. Estábamos enfrentados, sentados en el piso, mirándonos a los ojos. Lloré. Me di cuenta de que decirlo en voz alta hacía ese sentimiento todavía más real. Abracé a mi compañero. Nos abrazamos todos. Hoy ya son mis amigos.

Pensá en tu habitación de cuando eras chico, abrí la puerta, entrá. Decile a tu compañero lo que te gusta de él, abrazalo. Miralo a los ojos, conéctense, respiren juntos. Apoyen la mano izquierda en su corazón, y con la derecha busquen el corazón del que tienen al lado. No se muevan porque sí. No caminen porque sí. Destraben, liberen el cuerpo. Suelten. Suelten todo: tensiones, problemas, angustias; suelten la semana, suelten la calle. Sáquense lo social, bailen como monos, corran como gallinas calientes, muéstrense como si fueran un pan lactal que no se vende. Jueguen, busquen el niño interior, sáquenlo sin prejuicios, despiértenlo. Escúchense. Regalen su mejor sonrisa.

Cada clase era un abrazo al alma, y con el paso del tiempo volví a sentir lo que sentía de chica: ahí era feliz. En ese mundo. Entonces los sábados ya no eran un día más y La Frontera se convirtió en un refugio, un lugar donde desmoronarse, donde no hay que ser y hacer lo que el mundo y el resto de la gente espera que seamos y que hagamos. Eso te da el teatro, y en ese lugar también aprendí a ver las cosas desde otra perspectiva y a ponerle color a nuevos pensamientos.

Inventamos publicidades, creamos canciones, y hasta fui parte de un grupo de cumbia. Cambié de nacionalidad, de profesión, de ciudad, de tono de voz. Fui adulta, niña, anciana y adolescente. Viví en una granja y tuve algunas conversaciones peligrosas. Confesé amor, robé, pedí perdón. Tuve encuentros y desencuentros, rechacé, me metí en las drogas. A la ropa le empecé a decir vestuario y llené el armario de cosas que “alguna vez me pueden servir para teatro”.

Un día llegué a la clase un poco angustiada. Hablé con las profes, no me sentía cómoda con un personaje que me había tocado, me llevaba a un lugar oscuro de mi vida que no estaba dispuesta todavía a sanar. En realidad sí, pero entendí que debía hacerlo por otro camino antes. “Perdonate”, me dijo Eli, sin preguntar demasiado.

El arte sana.

“¿Por qué hacés arte?”, me preguntaron después. “Qué pregunta difícil”, pensé. Estaba parada delante de mis compañeros, que en silencio prestaban atención. Como en la vida, parada frente al mundo. No me acuerdo bien qué dije, pero me tuve que volver a sentar porque le estaba poniendo más la cabeza que el cuerpo. Una vez escuché a un doctor decir que los seres humanos somos en verdad seres emocionales que razonamos. Yo pensé que éramos seres racionales que sentían emociones. No. Somos seres que sentimos primero, pero el cerebro hace el papel de árbitro y modera esas emociones pasándolas por la razón, como si fuera un colador.

El arte te hace sentir vivo. Emociona, sensibiliza; te ayuda a descubrirte, a definirte. El arte te sacude, te desafía, te pone enfrente de vos. Te permite descubrir esos mundos inabarcables. El arte hace del mundo, un mundo agradable.

Todos los que hicimos teatro alguna vez seguro sentimos que lo mejor que podemos desearle a alguien es que se anime a sentir.
Y a subirse al escenario de su propia vida.

 

 

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